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SENTIMIENTOS
Mil remolinos, cada cual de diferente esencia, revuelan en la tarde antequerana y se adentran por portones, ventanales enrejados y por cualquier hueco buscando los sagrados rostros que, en la iglesia Trinitaria aglutinan a sus pies un manto de promesas.
A ambos lados, sendos tronos. Y la alta cupula, deja pasar cántaros de luz, que inundan la iglesia de un oro y de una magia que el relente del Martes Santo quiere llevarse consigo, pero no puede.
La espadaña empieza a teñirse de dorado y mi barrio va tomando vida. Los niños, alborotados, se asoman a los adornados balcones, con recelo al tañir de las campanas, que anuncian a Antequera que Jesus del Rescate va camino de su pasion. Estela roja que conduce al madero, estela rojo sangre que brota de sus sagradas sienes y que como gotas de rubi, recorren su rostro para desatar las manos a Jesús Nazareno, a Jesús de Antequera, a Jesús Rescatado. Y la estela roja llega a los pies de mi cristo, y alli se convierte en flores, cada cual mas hermosa.
Ya resuena, calle Porterías arriba, el ronco crujir de las horquillas, y hasta el susurrante goteo de la cera, se eleva en aquella Cruz Blanca, que dormía tranquila bajo una verde y frondosa capa de sueños.
Los naranjos visten tapetes de azahar, para que la Piedad, madre embebida en su sufrimiento, camine sobre ellos, y la enigmática sombra de sus manos penitentes –porque ¿quién no pide algo a Cristo el Martes Santo?- se confunde en su alargada silueta, con las que allá en su balcón, estropeadas y cansinas, rezan el rosario a Ella, a la madre antequerana.
Mientras, las palomas del añejo campanario, arrojan soberbias hileras de claveles blancos al trono de la Señora, al hermoso palio y a ese manto, donde se aglutinan terciopelo, oro y amor.
Se nubla la bella estampa que camina calle arriba. Y los luceros se posan en el trono de mi Virgen piadosa mientras las clavellinas de los balcones vecinos a la Trinidad, lloran esperando el momento. El momento en el que se encuentren, allá en la madrugada de mis sentimientos, Jesús del Rescate, el Hijo, y María Sma. De la Piedad, la Madre, bajo un diluvio de saetas.
Javier Subires Jiménez
Cuaresma 2002