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NUESTRO PADRE JESÚS DEL RESCATE NOS HABLA

No está anunciando este título un milagro exitoso de esos publicitarioa que avivan curiosidades, atraen, gentío y convocan medios de comunicación. No, está invocando, simplemente, la constatación realista de que “lo que veo con mis propios ojos eso comunico”. “Le miro a él, de abajo arriba, como está en su hornacina, y su cara y su actitud, su postura y su figura, toda su imagen es una comunicación, una charla (en la que me siento interpelado a responder y respondo) que me habla de Él, de ser y de su historia sagrada por cierto), de su vida hoy y aquí junto a mí, junto a nosotros...

... y le miro a Él mirando a mis hermanos que se le acercan, mirándoles no de arriba abajo sino de igual a igual, abajado a sus alturas, a ras de tierra, a ras de vida humana..., ... y casi siento, sin oír, el diálogo que se trae con ellos, lo adivino porque es muy parecido al que se trae conmigo:

Ellos le habla de sus esperanzas e ilusiones y él les responde presentándoles la utopía de su vida: “pareceros a mí, es decir, sed humanos y divinos al tiempo”, “que todos seáis uno como mi Padre y yo porque nos amamos”.

Ellos le hablan de sus dolores y él no tiene ni que enseñar sus heridas, se ven a simple vista. Luego le hablan de soledad, del desprecio sentido, de “la guasa” del poder y Él les enseña los escupitajos que aún no pudo limpiarse, sus heridas vivas, sus carnes amoratadas.

Ellos le hablan de la cruz que cose y ata, de la falta de libertad de muchos hermanos de pueblos enteros, y Él se levanta un poco su túnica y les enseña sus pies, muy besados ahora pero antes muy rotos por los clavos “cosedores”..., ... y ellos le dicen con ojos y corazón prendido de los suyos “que bien, Padre, que bien que tenemos un Dios que sabe de nuestras cosas y nos entiende, que bien que...”

Después sus devotos se interesan de “sus recuerdos” y Él les embelesa narrándoles su nacimiento pobre, el contraste del frío de aquel invierno del año cero y del calor del abrazo, que ya duraba nueve meses, de su madre, la regaladora de piedad; y aquella primera música que escuchó en su vida y que “le parecía de ángeles”; y las caricias y cosquillas de las barbas delos Reyes y de los Pastores besándole..., y los pucheros y las muecas de gracia con que Él les respondía; y cómo se le caía la baba a José en una infinita sonrisa y un eterno silencio. También les cuenta que una vez se hizo el perdido en la iglesia, en el templo, para enseñar a (sus) los padres, a todos, que deben llevar a sus hijos al templo desde pequeños y que estando en el templo nunca sus hijos estarán perdidos; y les cuenta que trabajó con José y que llegó a dominar el uso del cepillo y de la garlopa, de la sierra y del cincel, que la madera y los clavos y el martillo lo acompañaron siempre, en su vida y en su muerte..., alo mejor es que Él estaba hecho de buena madera... . Y les cuenta cuál fue la reacción de su madre, la Madre de Piedad, cuando Él le anunció que iba a dejarla por un tiempo, que debía irse a predicar el Reino de su Padre, que tenía que ir a buscar otra familia de hermanas y hermanos, de hijos y discípulos, de seguidores que llamaría Iglesia, Comunidad cristiana.

Ellos les preguntan de todo, de la vida y Él responde a todo: “Padre Jesús del Rescate, cuáles eran tus preferencias”. Él les cuenta que es especialmente amigo de los niños, de los sencillos de corazón y de los pobres; que entiende como nadie al enfermo y al que sufre; que sabe lo que es sentirese sólo y abandonado de los amigos; que es incapaz de guardar rencor y que siempre siempre perdonó; que lloró por un amgo que se llamaba Lázaro y que el primer milagro de su vida pública lo hizo para ayudar a una pareja de amigos que se casaban y les faltaba la alegría, “el vino”...

Ellos le piden que les eduque en La Esperanza y Él les habla de La Vida: les dice que hay que morir porque so es paso obligado para resucitar...; les recuerda que dejó morir también a José, el hombre bueno que lo cuidó de niño y le enseñó a trabajar, y que también murió su madre; pero, sobre todo, les habla de resurrección, de Vida para siemrpe, de felicidad ansiada y eterna porque srá no interrumpida y no desaparecerá nunca como le sucede a la de la tierra cuando menos esperas; ... y les dice que Él mismo también murió pero que resucitó como había prometido al tercer día, que “volvió del otro lado” para que nadie pueda decir ya que “de allí nadie ha vuelto a contárnoslo” y les asegura que se fue, ascendiendo delante de los ojos admirados y llorosos de sus discípulos, para prepararles, a ellos y a todos nostros, un lugar en su casa definitiva, en el cielo.

Así es mi imagen del RESCATE: silenciosa y habladora, callada y sugerente, de manos anchas y abiertas para abrazar, para recibir y dar, para acariciar y bendecir.

Yo “le miro”... y Él “me contesta”.

Andrés González García
Ministro Superior del Convento de los Trinitarios